Un año que nace empujado por la esperanza de la vacuna y con un gran interrogante para la economía

Por Rafael Cortés – Jefe de redacción de Misiones Online

Al 2020 hay que reconocerle un mérito: logró ser mucho peor que su antecesor, algo que a priori parecía imposible. Después del descalabro político y económico del último tramo de la presidencia de Mauricio Macri, los argentinos estábamos convencidos de haber tocado fondo, entonces nos enteramos que los chinos comían sopa de murciélago y que existía un simpático animal llamado pangolín –una especie de cruza de tatú mulita con oso hormiguero- y eso estaba de algún modo relacionado con una nueva enfermedad.

Los mares y continentes que nos separan de la milenaria tierra de Confucio aportaban la distancia suficiente para seguir las noticias del flamante coronavirus como quien asiste a relatos de viajeros por tierras lejanas. Incluso nuestro ministro de Salud, Ginés González García, instaba en febrero a poner más atención al dengue y consideraba “muy baja” la probabilidad de que el nuevo virus llegara a Argentina.

Pero el coronavirus no tardó casi nada en dejar en ridículo los pronósticos, no solo de Ginés sino de prácticamente todos los entendidos en la materia, y en menos de un trimestre pasó de ser un foco local en una ciudad perdida de China a ser una pandemia con llegada a los cinco continentes.

A poco más de un año de detectarse los primeros casos, ya provocó más de 80 millones de contagios y 1.700.000 muertes, a lo que habría que sumar un número incierto de contagios y muertos en los países más pobres que no tienen condiciones para llevar una estadística fiable.

 

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Para la economía el coronavirus no fue un cisne negro, fue una bandada completa de ellos. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) estima que el PBI mundial caerá 4,2% este año y, de no mediar inconvenientes con la vacunación, recién en 2022 se volvería a los niveles prepandémicos.

Pero además de propiciar una caída en la economía, el coronavirus agudizó la concentración de la riqueza. Google, Amazon (y su versión regional Mercado Libre), Facebook, Netflix, Tik Tok y los demás gigantes globales que dominan el universo digital tuvieron un año de crecimiento mientras el resto del mundo se hundía.

Los países más desarrollados consiguieron aplicar la virtualidad de una manera mucho más efectiva que el tercer mundo, donde la conectividad todavía es un lujo y el acceso a dispositivos tecnológicos es más bien escaso.

De allí que la caída de la economía en América Latina fuera bastante más pronunciada que en el resto del mundo, incluso en países como Perú, que venía de un largo proceso de crecimiento que este año se revirtió con un desplome de 12,9%.

Las diferencias no fueron sólo económicas, la educación también se vio resentida de manera mucho más pronunciada en países que no estaban preparados para la virtualidad. Justamente en las regiones más pobres, donde la educación es más necesaria, hay una generación entera que prácticamente perdió un año de escolaridad, circunstancia mucho más grave que los vaivenes del PBI.

 

COVID-19: Total de contagiados (por millón de habitantes) Argentina y países limítrofes

 

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¿Vacuna para todos?

Si algo debería habernos enseñado el coronavirus es que la salud es un bien colectivo. Más todavía después de que los aviones hayan convertido al mundo en un lugar mucho más pequeño e hiperconectado. Si una parte de la población del planeta se enferma, existe la posibilidad de que el mundo se contagie.

Todos parecían de acuerdo en ese punto hasta que, en un esfuerzo épico de la ciencia, se desarrollaron vacunas en tiempo récord. Sin pensar demasiado en lo que pudiera ocurrir fuera de sus fronteras, los países ricos salieron literalmente a acaparar la oferta al punto que, según Naciones Unidas, un grupo de países que nuclea al 14% de la población se quedó con más de la mitad de la disponibilidad mundial de vacunas.

En países de Europa y Norteamérica tienen aseguradas cantidades de dosis que superan ampliamente a su población, el caso más extremo es el de Canadá, que se aseguró un número de vacunas que quintuplica a su población.

Por otro lado, en 67 países de ingresos bajos y medianos, incluidos Kenia y Nigeria, en promedio, se espera que solo 1 de cada 10 personas se vacune antes del final del próximo año.

Mientras semejante cantidad de personas siga sin la chance de acceder a una vacuna, el coronavirus seguirá siendo una amenaza para todo el mundo y será mucho más alta la posibilidad de que se produzca alguna mutación que deje sin efecto a las vacunas que con tanta avaricia acumulan los países ricos.

Las asimetrías en el acceso a la inmunización colectiva tendrán un efecto directo en la economía. Los países que puedan vacunar más rápido podrán dejar atrás antes las limitaciones que impuso el coronavirus a la producción y el consumo. Si el virus agudizó la concentración de la riqueza, la vacuna lo hará en mayor medida a menos que se distribuya con un criterio de solidaridad.

 

Glorias y miserias

Como toda tragedia, el coronavirus volvió a poner en evidencia lo mejor y lo peor de la condición humana. Científicos de todo el mundo trabajaron de manera colaborativa para desarrollar en menos de un año no una sino varias vacunas, algo que era considerado poco menos que imposible.

Historias de solidaridad se repitieron en distintos lugares del mundo. Los médicos, enfermeros, choferes, recolectores de basura y el resto de los trabajadores esenciales dieron cátedra de compromiso social saliendo todos los días a enfrentar un virus mortal para cumplir con su función.

Pero tampoco faltaron actitudes de avaricia, de oportunismo, de irresponsabilidad o de lisa y llana maldad. Comerciantes inescrupulosos aprovecharon los problemas de abastecimiento que hubo, especialmente durante lo más estricto de la cuarentena, para cobrar 20 lo que vale 2. Otros no dudaron en poner en riesgo la salud de toda la comunidad para satisfacer sus ganas de esparcimiento. También hubo estúpidos que entendieron el distanciamiento social como una afrenta a las libertades individuales y creyeron que salir a enfermarse era hacer patria.

Párrafo aparte merecen los miserables que se ocuparon de producir y difundir noticias falsas, muchas veces solo para generar alarma y otras para difamar a personas con nombre y apellido.

Covid-19: Total de contagiados en Provincias Argentina

 

El remedio sin receta

La pandemia sorprendió a todo el mundo, se ensayaron distintas estrategias y ninguna demostró ser particularmente efectiva.

Países como Argentina, que en la falsa disyuntiva entre economía y salud adoptaron un enfoque prominentemente sanitarista, terminaron con más muertos por millón de habitantes que naciones como Brasil o Estados Unidos que se pararon en la vereda de enfrente en la misma discusión.

Pero lo mismo vale a la inversa, países que priorizaron la defensa de sus economías terminan el año con caídas del PBI muy superiores a la media mundial. Los casos de Perú, con una retracción estimada de 12,9% y México, cuyo pintoresco presidente animaba a su población a salir de sus casas mientras el resto del mundo llamaba al confinamiento, retrocedió 9%.

Argentina se ubica entre medio de ambos países en la lista de los más perjudicados económicamente por la pandemia. El dato no debería sorprender porque la economía nacional ya venía cayendo antes del coronavirus y por motivos que no tienen nada que ver con la salud.

El país inició la cuarentena con optimismo y disciplina social. En las grandes ciudades, la gente estaba dispuesta a quedarse en sus casas y aplaudir desde los balcones a los trabajadores esenciales. Eso permitió que la curva de contagios creciera más lentamente que en otros países y con ello el Estado tuvo el tiempo que necesitaba para adecuar al sistema de salud.

La gente cumplía con la cuarentena y el Estado asistía a personas y empresas a un costo fiscal multimillonario a través de programas como el IFE y ATP.

Eran los tiempos de mayor popularidad del presidente Alberto Fernández, que disfrutaba con sus interminables filminas y se daba el lujo de mirar por encima del hombro a países con niveles de desarrollo envidiables, como Suecia. Argumentos no le faltaban, por una vez Argentina era ejemplo para el resto del mundo.

Pero duró poco. Un tanto por el aburrimiento, la desidia y el hartazgo de buena parte de la sociedad; otro tanto por la necesidad imperiosa de muchas personas de salir a trabajar y finalmente porque el virus entró a las villas, donde las condiciones de hacinamiento y la paupérrima infraestructura hacen imposible el distanciamiento.

El éxito de la primera parte de la cuarentena sirvió para que los sistemas de salud del país no se vieran desbordados como ocurrió incluso en las naciones más desarrolladas de Europa, pero a diferencia de lo observado en países más acostumbrados a la disciplina social (sin que eso sea un mérito per se) como China o Japón, no se logró neutralizar la circulación del virus.

Si alguna enseñanza dejó la pandemia es que los estados cumplen un rol fundamental no solo de asistencia y de contención social, sino también como dinamizadores de la economía e impulsores del desarrollo científico. Que la salud y la ciencia no pueden manejarse con criterios de mercado, no por una cuestión ideológica sino de resultados, porque cuando la salud y la ciencia llegan solo a los que pueden pagarlas no son efectivas.

La amenaza de nuevas pandemias obliga además a replantear los modos en que la riqueza se produce y se reparte en el mundo. La humanidad se enfrenta ante la disyuntiva de ir hacia un capitalismo más solidario y ambientalmente sustentable, o enfrentar su propia extinción.

 

Perspectiva difícil

La foto de fin de año es preocupante, no solo porque la curva de contagios se volvió a acelerar sino porque el modelo de intervención estatal como sostén de la economía ya está agotado.

A diferencia de buena parte del mundo, Argentina entró a la pandemia en default, con todas las ventanillas de crédito cerradas y en medio de una recesión galopante. Sin posibilidad de salir a tomar deuda y con la recaudación propia menguando, el millonario gasto público que requirió la asistencia a personas y empresas se financió casi totalmente con emisión monetaria.

La caída del consumo provocada por la recesión combinada con la cuarentena, mantuvo a raya la circulación del dinero y eso permitió que la emisión no se tradujera en inflación durante buena parte del año, pero con la progresiva liberación de las actividades sumada a una amenaza de devaluación, los pesos comenzaron a quemar las manos, la circulación de dinero se aceleró y la inflación saltó de 2,8% a 3,8% de septiembre a octubre.

Más allá de las exigencias que pudiera imponer el FMI en el marco de la renegociación de la deuda, el Gobierno nacional se convenció de la necesidad de ponerle coto al déficit fiscal. No tanto por voluntad de ajustar sino porque la única vía para financiarlo es la emisión monetaria, un recurso que en las condiciones actuales tendría un efecto explosivo en la inflación.

Para achicar su déficit el Gobierno nacional apunta principalmente a bajar el gasto y en segundo término a elevar la enorme presión fiscal. Con esa receta es muy difícil que 2021 sea un año de vacas gordas. De éxito del operativo de vacunación dependerá en gran medida la posibilidad de que Argentina pueda revertir la caída de su economía en algún momento del primer semestre.

Los analistas dan por hecho que después de una recesión tan profunda y prolongada –Argentina no crece desde 2017- la economía retomará el crecimiento ni bien deje atrás la pesadilla del coronavirus. En realidad, lo que está asegurado es un rebote, pero convertir eso en un proceso de crecimiento sostenible en el tiempo es un desafío enorme.

 

COVID-19: Total de contagiados en Misiones

 

 

 

Casi una isla

El coronavirus también afectó a Misiones, pero lo hizo en una escala mucho menor al resto del país y de la región. Hubo enfermos, también muertos, pero el sistema de salud nunca estuvo ni siquiera cerca de ver comprometida su capacidad de respuesta. La economía se vio muy resentida durante al inicio de la cuarentena, pero la mayoría de las actividades logró iniciar antes de mitad de año una reactivación que encuentra su pico máximo en las fiestas de fin de año.

Sectores como la forestoindustria, la producción yerbatera y el comercio cierran un año mejor a los anteriores a la pandemia, lo que se reflejó en un incremento interanual de 77% en la recaudación de Ingresos Brutos en un contexto en el que muy pocas provincias lograron incrementar su recaudación por encima de la inflación que se estima cerrará el año en torno al 40%.

La peor parte le tocó al turismo y al transporte, severamente limitados durante todo el año por las medidas necesarias para combatir al coronavirus.

El gran acierto inicial del Gobierno provincial fue haber reaccionado muy rápidamente ante la llegada del virus al país. Con un gobernador y un vice ambos profesionales de la medicina, era previsible que la provincia iba a adoptar un enfoque sanitarista. Fue la primera jurisdicción en adoptar medidas de aislamiento social y en interrumpir las clases presenciales en todas las escuelas.

Aquellas medidas adoptadas por el Gobierno provincial en un momento en el que alcanzaban los dedos de una mano para contar los casos confirmados en todo el país, fueron cuestionadas desde distintos sectores que las consideraron innecesarias. Pero el tiempo se ocupó muy rápidamente de poner las cosas en su lugar y de reconocer aquellos aciertos de gestión.

La disciplina y la solidaridad del pueblo misionero, sumadas a un efectivo trabajo del sistema de salud pública para identificar y aislar a los contactos directos de cada caso detectado, posibilitó que en Misiones la curva de contagios de coronavirus creciera muy lentamente y por momentos se estancara. Eso a pesar de estar rodeada de territorios de muy activa circulación del virus, especialmente en los estados brasileños limítrofes.

Aportando un claro ejemplo de la falsedad del dilema salud versus economía, el enfoque sanitarista de Misiones resultó fundamental para la reactivación económica que vino después. Mientras otras administraciones discutían si había que priorizar a la salud o a la economía, Misiones primero controló la pandemia y gracias a ello pudo luego recuperar su economía.

La primera etapa de la cuarentena planteó sin dudas el desafío más complicado para la gestión de Oscar Herrera Ahuad, porque estaba obligado a volcar más recursos a la salud y a la contención social al tiempo que la coparticipación y la recaudación propia caían a pique por el apagón económico.

La Provincia pudo superar ese escenario gracias a la buena salud de sus finanzas, bajo nivel de endeudamiento y un gasto público moderado.

Con la pandemia relativamente controlada, comenzaron a rehabilitarse distintas actividades y entonces cobró relevancia una novedad fundamental introducida por la pandemia: el cierre de la frontera.

Sin la posibilidad de cruzar puentes ni viajar al exterior y con severas limitaciones a la compra de dólares, por primera vez la plata de los misioneros se quedaba íntegramente en Misiones.

En Posadas los rubros del comercio que están obligados a competir en inferioridad de condiciones con Encarnación, como electrónica, indumentaria, zapatería, venta de neumáticos, jugueterías, librerías, registraron picos históricos de venta. Una encuesta realizada por la Cámara de Comercio e Industria de Posadas señala que en esa ciudad las ventas de fin de año aumentaron 20% (medidas en cantidad artículos vendidos) respecto a igual período del año pasado.

Tan temprano como en mayo, la construcción experimentó un boom de pequeñas obras que, acompañado de problemas lógicos de abastecimiento producto de la pandemia, provocó un desabastecimiento de materiales como ladrillos huecos, hierros y perfiles metálicos.

La venta de autos y motos tardó un poco más pero también se recuperó y proyecta un 2021 de crecimiento.

Para el agro también fue un año muy positivo en términos generales. La demanda de la construcción traccionó al mercado interno de madera aserrada y un dólar más competitivo favoreció las exportaciones de ese producto. “Estamos viviendo un nuevo 2004”, resumió el empresario Pedro López Vinader haciendo alusión a un año que todavía es recordado por la industria forestal como uno de los mejores de la historia para ese sector.

Los productores de yerba mate también atraviesan un momento positivo, con precios de mercado muy superiores a los establecidos por ley para la materia prima. El juego de oferta y demanda volvió a favorecer a los productores en detrimento de los industriales. Los molineros no festejan tanto, dado que los controles de precios que aplica el Gobierno nacional le impidieron a muchos de ellos trasladar esos aumentos en la materia prima a los precios del producto elaborado.

Pero la bonanza no fue para todos. Las empresas de transporte de pasajeros de media y larga distancia cierra un año para el olvido en el que se pasaron la mayor parte del tiempo sin poder trabajar y luego pudieron hacerlo solo de manera limitada.

Algo similar ocurre con el turismo. La suspensión de los vuelos, el cierre de las fronteras y las severas limitaciones para viajar entre provincias le quitaron la mayor parte de los clientes a esta actividad. Pero no todas fueron pálidas, en la segunda mitad del año, cuando se rehabilitó la posibilidad del turismo interno, un enorme número de misioneros se volcaron a redescubrir su provincia y llenaron hoteles, lodges y campings, algo que se repetirá en las vacaciones de verano.

El inicio del operativo de vacunación abre una expectativa enorme de cara al año próximo año, sin embargo también deja abierto un interrogante respecto a cómo impactará en la economía local una eventual reapertura de las fronteras.

Aun a riesgo de pecar de imprudente, podremos mirar con confianza al 2021 porque no hay forma que resulte tan malo como su antecesor.

 

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